
Viaje en Bici a Puerto Escondido: 14 amigos, el acantilado y un fin de semana para recordar

Sobrinas y sobrinos queridos, hoy quiero compartirles mi Viaje en Bici a Puerto Escondido. Pero tengo ganas de filosofar un poco. Por eso, comienzo a modo de reflexión (aunque por culpa de un tío engreído, esta palabra en Cuba da asco).
He realizado muchos viajes que empiezan cuando uno llega al destino. Sin embargo, otros lo hacen mucho, muchísimo antes… Para seros exacto, cuando un grupo de amigos decide que durante unos días la vida cotidiana puede esperar.
Y este viaje comenzó así.
Éramos catorce campistas, chicos y chicas, con ganas de escapar de la rutina, dormir al aire libre, compartir comida, conversaciones, risas y, sobre todo, disfrutar de uno de esos rincones de Cuba que parecen hechos para recordarnos que no hace falta ir demasiado lejos para vivir una aventura.
El destino esta vez era Camping en Puerto Escondido, Mayabeque. Este paisaje tallado en la piedra viva de los mares, se ubica a unos 90 kilómetros de casa.
Yo, como casi siempre que puedo, decidí complicarme un poquito la vida. Mientras mis compañeros llegarían en carro, yo escogí viajar en bici. Así empezó esta pequeña aventura sobre dos ruedas.
Mi Viaje en Bici a Puerto Escondido

Salir de La Habana en bicicleta siempre tiene algo especial.
La ciudad va quedando atrás, poco a poco, con cada pedaleo; y comienza ese proceso maravilloso en el que uno siente que ha cambiado de mundo aunque todavía no haya recorrido demasiados kilómetros.
El tráfico disminuye. El paisaje se abre. El aire cambia. Y las piernas empiezan a encontrar su propio ritmo. No soy ciclista, soy mochilero, por lo que no iba buscando una hazaña deportiva. Ni siquiera de hacer grandes distancias. Mucho menos se trata de llegar primero. Esa es otra de las ventajas de viajar por libre: no compites con nada, no te mides con nadie…
Este viaje en bici a Puerto Escondido tenía un detalle especial; me regalaba una energía adrenalínica: iba a encontrarme con algunos amigos viejos, sí, pero la mayoría, desconocidos antes de este viaje. Y eso hacía que cada pedalada tuviera un destino muy concreto y más emocionante que el propio sitio ya conocido desde hace muchos años.

Allí me encontraría con personas dispuestas a convertir un simple fin de semana de camping en una de esas experiencias que después terminan apareciendo en las conversaciones y las risas durante mucho tiempo.
Y llegué.
En bicicleta, a Puerto Escondido, Mayabeque.
El único del grupo que decidió ir pedaleando. Porque, hablemos claro, uno puede ser mochilero, viajero y aventurero…; pero a veces también se necesita tener una pizca de locura.
Catorce campistas


Una de las mejores cosas de acampar con amigos es que el camping termina siendo casi una pequeña sociedad.
De repente aparecen especialistas para todo.
El que sabe montar la tienda.
La que organiza la comida.
Los que tienen una historia o un juego para cada momento.
El que siempre lleva algo que nadie más recordó.
La que propone una excursión.
Los que cocinan.

Los que comen.

También están los que dicen que van a ayudar y desaparecen misteriosamente cuando les toca.
Los que comparten y, por qué no, los que no se atreven a compartir alguna que otra chuche o lata de leche y…
Pero eso sí, lo más importante es que no pueden faltar, sobre todo, mis favoritas: las conversaciones.
Porque cuando catorce personas comparten un espacio natural durante varios días, ocurren cosas a gritos, y en silencio.
Se habla.
Se ríe.
Se cuentan historias.
Se hacen planes.
Se improvisa.
…
Y la naturaleza hace el resto.
Dormir bajo las estrellas

Hay algo que el camping consigue y que ningún hotel puede ofrecer. La sensación de estar realmente allí. No detrás de una ventana. No entre cuatro paredes y espacios climatizados.
Allí.
Con el suelo debajo y el cielo encima; el sonido del viento, los ruidos de la noche, el mar en calma pero indetenible…
Y con esa mezcla de cansancio y felicidad que aparece después de pasar todo el día explorando y divirtiéndose. La tienda se convierte en habitación. Una mochila hace de almohada improvisada. El saco de dormir un pretexto para una noche de verano; y una conversación nocturna puede durar mucho más de lo previsto porque nadie tiene demasiada prisa por irse a dormir.
Eso es parte de la magia: cuando acampamos, la vida se vuelve sencilla otra vez.
Cueva del Tiburón Cuba

Y entonces llegó uno de esos momentos que justifican por sí solos una escapada como esta: la llamada Cueva del Tiburón.
El entorno ya era espectacular, pero acercarse a los acantilados y descubrir aquella cueva fue una de esas experiencias que hacen que uno se quede mirando antes de pensar siquiera en sacar el teléfono.
Y después viene la parte que seguramente todos recordaremos más.
Los saltos desde el acantilado

En el podio natural del risco, hay momentos en los que el cerebro dice:
“Quizá no sea buena idea”.
Y los amigos:
“¡Salta!”

Y uno, inexplicablemente, termina saltando.

Después…
Ese segundo eterno en el aire.

Un instante de adrenalina, gritos, risas y esa sensación infantil de haber hecho algo que, probablemente, no necesitábamos hacer pero que nos alegra muchísimo haberlo realizado. Algunos lo repiten incanzables, mientras otros se niegan a permitirse otra toma como esta.

Porque también de eso se trata viajar. De coleccionar momentos “innecesarios” que no caben en una fotografía. Y, por encima de nuestro ego, resalta el: “nadie me puede decir que no lo hice”.
Nota viajera: Antes de continuar, permitidme que os comente que Nubia y Thaimé, las chicas de las dos imágenes anteriores, son hermanas. Jajaja.
El Sendero del Mirador

Pero Puerto Escondido no era solamente agua y acantilados.
También estaba el camino. Este Sendero agradable y fácil para cualquier campista…
Aunque es solo un ascenso de poco más de 90 metros sobre el nivel el mar, el Sendero del Mirador le regaló a algunos otra manera de descubrir el entorno.
Caminar juntos por un sendero tiene algo diferente.

El grupo se estira. Unos van, otros quedan; y el Mirador cumple su parte de gestor empresarial, desde donde todo adquiere otra dimensión; con nuevos resultados y complicidades.
Después de recorrer Puerto Escondido desde abajo, verlo desde arriba es recibir otra recompensa. El hecho metafísico de las distancias que se difuminan entre las leyes de la naturaleza y nuestros pensamientos:
El mar.
La costa.
La vegetación.
Los acantilados.
El horizonte.
Y catorce amigos compartiendo el mismo paisaje.
Hay lugares que son bonitos. Y hay otros, que se vuelven bellos porque los vivimos con las personas adecuadas.
La bicicleta como compañera

Y allí estaba mi Bici Katzu; la única china del grupo.
Mientras los otros colegas habían llegado de otra manera, yo acaparaba además ese pequeño viaje personal que me había llevado desde el otro extremo de La Habana hasta Puerto Escondido.
Y me encantó.
Porque la bicicleta tiene esa capacidad de convertir el trayecto en parte de la aventura. Un valor agregado. Los demás habían comenzado su aventura al llegar. Yo lo había comenzado desde que salí de casa.
Era como si hubiese ganado un pequeño regalo antes de que comenzara realmente la fiesta.
La aventura no necesita grandes distancias

A veces pensamos que para vivir una aventura hay que viajar miles de kilómetros. Tomar un avión. Cruzar una frontera. Llegar a un país desconocido.


Pero este viaje me volvió a recordar algo que llevo mucho tiempo creyendo: la aventura siempre puede estar mucho más cerca.
Unos kilómetros en bicicleta.
Una tienda de campaña.
Un grupo de amigos.
Un sendero.
Una cueva.
Un acantilado.
Un baño en el mar.
Una noche bajo las estrellas.
Y de repente tienes una historia que contar.
Una experiencia que no necesitó grandes hoteles ni grandes presupuestos.
Solo ganas; y gente dispuesta a compartir.
Lo mejor de este viaje

Jajaja. Venga que no es esa foto anterior lo más querido de este Viaje a Puerto Escondido. No, Señor…
Si tuviera que elegir una sola cosa de este viaje, os aseguro: no elegiría la cueva, ni los saltos, ni la mesa de Dominó…
Ni siquiera el viaje en bici que le da título a esta página.
Elegiría el compartir de esas catorce almas aventureras.

Porque al final los lugares son importantes, sí:
La naturaleza nos puso el escenario. Puerto Escondido nos regaló el paisaje. La Cueva del Tiburón nos dio adrenalina. El Sendero del Mirador nos regaló perspectivas. Incluso la bicicleta me regaló el camino.
Pero fueron los amigos quienes hicieron la historia. Son las personas quienes convierten una escapada como esta en un recuerdo palpable, real, duradero.
Catorce maneras de vivir el mismo fin de semana; compartiendo comida, juegos, cansancio, aventuras, bromas y luego, de manera premonitoria, recuerdos.
Volver a casa
Uhm. Todo viaje termina. Llega el momento de recoger, despedirnos y regresar. Mientras el acantilado continúa mirando al mar, nosotros regresamos a nuestra vida cotidiana.
Pero, como siempre sucede en cada viaje, algo había cambiado. Porque ahora teníamos un recuerdo compartido.
Una de esas pequeñas aventuras que aparecen de repente en una conversación y alguien dice:
“¿Te acuerdas de aquel viaje a Puerto Escondido?” Y se esboza una sonrisa.
Sí.
Y, hasta me atrevo, por mi parte, a sumarle que alguno también recordará al tío de más edad que apareció allí…, en bicicleta desde La Habana.
Porque quizá esa sea la mejor manera de entender mi forma de viajar. Como os he comentado otras veces:
No necesito que el viaje sea enorme. Necesito que sea real.
Lleno de caminos, naturaleza, amigos, historias… Y, si es posible, por qué no,
una bicicleta dispuesta a compartir la ruta.
Y sin contar, a sotto voce: que existen siempre roces que discurren en la complicidad discreta del silencio…
Con todo el cariño,
Vuestro,
tío Lucio el Viajero.
- s. Me despido recomendándoles a Puerto Escondido y Canasí como una de las Rutas en Bicicleta por Cuba. No tienen nada que envidiarle a ningún otra parada en este archipiélago.
¡Hasta la próxima aventura!

Os dejo otras fotos del Camping en Puerto Escondido, algunas son clasificadas de Top Travels, jajaja.
Ya de paso os pido disculpas a quienes no publiqué en fotos, os llevo en mi alma mochilera. Gracias a Dayner por algunas de estas fotos. Gracias a Carmela y Sianya por los retratos… Gracias a todos, por este finde, Ha sido una pasada.


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