
Ojo de Agua en bicicleta: una aventura de río, cuevas y amigos bikepakers en Cuba
Sobrinas y sobrinos divertidos y mochileros, ayer nos regalamos una escapadita en Bici de esas que vale la pena cuando más estresado estás; que no consume nada, y solo aporta; de las que puedes realizar sin gastar mucho, sin preocuparte por nada… Y de las que de seguro os hará sentiros felices y desintoxicados por un rato de esta ciudad llena de baches y basureros.
Vale, al menos, les garantizo que estarán satisfechos.
Porque de algo estoy seguro, sí o sí: a veces basta una bicicleta, un grupo de buenos compañeros, un río donde refrescarse, spaguetti (mucho spaguetti), bolsas de chuches…, para que un día cualquiera se convierta en recuerdos que se quedan dando vueltas en la cabeza durante buen tiempo.
Eso fue precisamente lo que vivimos en nuestra Excursión a Ojo de Agua, un rincón encantador vinculado al río Ariguanabo, perteneciente a San Antonio de los Baños, en la provincia de Artemisa, Cuba.
Una excursión en bicicletas, Bikepackers y ganas de aventura
Dayner llegó a mí con la recomendación que le habían hecho sobre Ojo de Agua. ¡Ya teníamos un nuevo destino!

La jornada comenzó en la Fuente del Hospital Frank País, en La Lisa, La Habana. Allí nos reunimos siete compañeros con las bicicletas preparadas y las ganas de salir a descubrir un nuevo lugar (aunque dos o tres ya lo conocían). Otros dos colegas se incorporaron más tarde, así que la aventura terminó reuniendo a nueve cicloturistas dispuestos a disfrutar de la naturaleza y de la buena compañía.
Nuestro destino era Ojo de Agua, en la carretera a San Antonio. Según el mapa, nos esperaban unos 17 kilómetros de recorrido desde el punto de encuentro, una distancia que para muchos puede parecer poca cosa, pero que tiene un sabor especial cuando se hace en grupo. Porque viajar en bicicleta no consiste solamente en avanzar kilómetros, sino también en compartir el camino, conversar mientras pedaleamos, intercambiar experiencias y descubrir que siempre hay algo interesante que aprender de quienes ruedan a nuestro lado.
Oh, sí. Mucho que aprender.
Esta vez iba con un grupo de divertidos aventureros del Cicloturismo en La Habana. Dayner les encontró entre los recovecos de la Interneto y al que tuvo la gentileza de sumarme. Después me incorporó a su grupo de WhatsApp, llamado Búhos Bikepackers, y así comencé a compartir camino con otros aficionados a la bicicleta. Para mí, que disfruto tanto de los viajes como de conocer personas con inquietudes parecidas, estas oportunidades tienen un valor enorme.
Aunque no soy ciclista en realidad, ya me siento un ¡Búho super Bikepakers! ¿Vale?
Durante la ruta conversamos de muchísimos temas, aunque, como era de esperar, la bicicleta ocupó una buena parte de nuestras conversaciones. Hablamos de experiencias, de recorridos, de aventuras y de esa pasión que nos lleva a preparar una salida incluso cuando el cuerpo pide descanso. Los de alma intranquila tenemos esa peculiar manera de entendernos: basta mencionar una carretera, una subida, una avería o un viaje pendiente para que aparezcan historias que parecen no tener fin.
En especial, si conoces a una colega artista que su mayor pasión es “mandar”.
Y así, entre pedaleos y conversaciones, nos fuimos acercando a nuestro destino.
Ojo de Agua, un rincón natural junto al río Ariguanabo

Ojo de Agua es uno de esos lugares que invitan a detenerse y disfrutar del entorno. Un destino genial para Rutas en Bicicleta desde La Habana. Su atractivo está relacionado con el agua, la vegetación y las posibilidades de pasar una jornada al aire libre, especialmente para quienes disfrutan de las excursiones, los baños en el río y las pequeñas aventuras que nos regala la naturaleza; bajo la inmensa bóveda de árboles.
La zona se encuentra en el entorno de San Antonio de los Baños y del río Ariguanabo, en la actual provincia de Artemisa. Este río forma parte de la identidad histórica y natural de la región. De hecho, los baños en sus aguas fueron tan conocidos que contribuyeron a dar nombre a la villa de San Antonio de los Baños, fundada en el siglo XVIII y célebre también por su tradición cultural y humorística.

El Ariguanabo tiene, además, una particularidad geográfica que despierta la curiosidad de los amantes de la naturaleza. Su recorrido está relacionado con un sistema de aguas subterráneas y formaciones cársicas, y en San Antonio de los Baños el río desaparece bajo tierra en la conocida Cueva del Sumidero. Este fenómeno forma parte de la singularidad del paisaje de la región y del interés que despierta entre quienes estudian o disfrutan de la espeleología.
Ese dato que les dejo arriba no debe confundir a la famosa Cueva del Sumidero con la Cueva de Ojo de Agua, que visitamos durante nuestra bicicletada. En el entorno del Ariguanabo existen distintos puntos de interés relacionados con cuevas y surgencias de agua.
Pero volvamos a nuestra aventura, porque nosotros no habíamos llegado hasta allí para quedarnos mirando el paisaje desde lejos, ni ponernos a hablar de cavernas impresionantes y murciélagos (aunque es un tema genial).
Ojo de agua, excursiones en Bicicleta desde la Habana
Este lugar es un excelente sitio para hacer excursiones en Bici desde la Habana por sus características tan definidas: se haya bien cerca de la capital cubana, no existen pendientes de ningún tipo, por lo que el nivel de exigencia es mínimo, puedes llegar en tu Bici por un camino limpio hasta el mismo sitio, donde hay encargados que cuidan del parqueo…
Además, el entorno es súper agradable para acampar, con grandes árboles, asientos, mesas, cocina de leña donde podéis preparar el almuerzo a vuestro gusto, agua potable, baños sanitarios, y una cafetería donde venden los clásicos enlatados y algunas chuches. Bar al que los muchachos y muchachas del grupo visitaron de manera recurrente.
Un chapuzón en el río y una cueva por explorar
Una vez instalados, comenzamos el disfrute de todo aquello que habíamos ido a buscar. Nos bañamos en el río, aprovechando esa sensación maravillosa de dejar atrás el calor y refrescarnos en contacto directo con la naturaleza. Hubo quien se sentó a meditar en el infinito de las cosas y la pequeñez de nuestra humanidad; Ja, ja, ja.
Lo cierto es que yo les permití a los demás que se bañasen, vaya, les dejé el río Ariguanabo para ellos solos, y así acompañarles desde la orilla. El agua estaba helada. Le entraba con ganas terribles y ambiciosas que se esfumaban al instante. Por eso me dediqué a tomar algunas fotos que os dejaré en la galería al final de esta página.
Ya, serio. Para mí, estos momentos tienen un encanto particular. En los viajes mochileros no siempre necesitamos Monumentos Famosos, Pirámides Egipcias o lugares que aparezcan en todas las guías turísticas. Muchas veces, un río rodeado de vegetación puede ofrecernos esa experiencia mucho más auténtica que cualquier destino de moda. Lo importante es llegar con curiosidad, saber disfrutar de lo sencillo y compartirlo con personas que tengan las mismas ganas de vivirlo.
Por suerte para mí: me encontraba bien acompañado.
Cueva de Ojo de Agua
También visitamos una cueva de la zona. Es una de esas inmensas grietas hechas por el accionar soberbio de las aguas subterráneas y su cauce magnífico.
Explorar estos espacios naturales nos recuerda que el paisaje cubano guarda muchas sorpresas, incluso en lugares relativamente cercanos a la capital. Las formaciones rocosas, los rincones sombríos y la presencia del agua nos invitan a mirar el entorno con otros ojos, y a comprender que todavía hay mucho por conocer en esta pequeña isla.
Nota viajera para niñas y niños exploradores:
Una cueva no es un parque de diversiones. Hay que entrar solamente por las zonas autorizadas o seguras, evitar los pasajes desconocidos y no aventurarse en galerías inundadas o espacios donde exista riesgo de desprendimientos. (No es el caso de esta pequeña cueva).
Después llegó uno de esos momentos que ponen a prueba las ganas de aventura: los saltos.
El puente colgante y los saltos que suben la adrenalina
Si algo no faltó durante nuestra visita a Ojo de Agua fueron las ganas de divertirnos. Uno de los atractivos que disfrutamos fue el puente colgante, desde el que se lanzaron al agua varios de los chicos y chica (Suey). La experiencia tenía esa mezcla de emoción, nervios y carcajadas. Esta vez yo estaba calmado. No quería pasar por loco en este nuevo grupo que acabo de conocer.
Algunos Bikepakers fueron todavía más atrevidos y se lanzaron utilizando una cuerda amarrada a un árbol. Desde luego, cada cual tiene su manera de disfrutar de la aventura, y en un grupo siempre aparece un loco como Dayner y Brian, dispuesto a probar algo diferente.
La verdad es que me hicieron recordar hace algunos pocos años atrás, cuando era niño… Esa diversión de la cuerda –o las grandes y gruesas lianas–. era una de nuestras favoritas. No existía poceta que se respetara sin una para lanzarse en el péndulo.
Lo bonito era que no estábamos compitiendo por ver quién era el más valiente. ¿Vale? Estábamos compartiendo una jornada entre amigos, disfrutando de todas las posibilidades que nos ofrecía el lugar; y riéndonos juntos.
Otra nota viajera:
Eso sí, conviene hacer una advertencia importante para quienes quieran repetir la experiencia: antes de saltar desde un puente o utilizar una cuerda sobre el agua, hay que comprobar que la zona sea adecuada, que exista profundidad suficiente y que no haya piedras, ramas u otros obstáculos sumergidos. También es fundamental verificar el estado de la estructura y de los puntos de sujeción. Que alguien haya saltado antes no garantiza que hacerlo sea seguro. La naturaleza nos regala espacios maravillosos para divertirnos, pero disfrutar de ellos también significa saber reconocer nuestros límites. Nadie ni nada nos obliga.
Una spaguettada para recuperar las fuerzas
Después de tanto baño, tanto salto y tanta actividad, llegó el momento de atender una necesidad fundamental de cualquier excursión: ¡comer!
Como ya os había dicho, en el lugar existe una cocina para leños y te prestan cazuelas si las necesitas. Nosotros llevamos una para hacer la salsa y nos prestaron otra mayor para hervir el agua. Como todos habíamos cargados algunos ingredientes para este almuerzo, todo estaba dispuesto.
Preparamos una buena spaguettada. Unos buscamos leños, otros fregaron, otros cocinaron, prepararon lo necesario (excepto Suey que es un tilín vaga, uhm, digamos mejor, poco laboriosa y mandona que da náuseas)…
Llegada la hora anhelada, nos sentamos a disfrutarla. Y cuando digo disfrutarla, quiero decir que comimos como salvajes –en especial, el señor David, que no supe imaginar donde guardó tanta pasta. Lo que es seguro, después de pedalear, nadar y pasar las horas moviéndonos, aquellos espaguetis parecían tener un sabor a gloria con matices de musas griegas.
Asimismo, llevábamos muchas chuches que fueron apareciendo a lo largo del día.
Siempre hay algo que compartir cuando se viaja en grupo: una galleta, un dulce, alguna golosina o cualquier cosa que alguien haya guardado en la mochila pensando que podría venir bien más adelante.
La comida compartida tiene algo que me encanta. No importa demasiado si estamos en un restaurante, en una casa, en un parque o a la orilla de un río. Cuando las personas se sientan juntas, comen, conversan y se ríen, se crea una complicidad que difícilmente se consigue de otra manera. Vaya, que el estómago cumple bien su función de comunicacional.
En nuestras excursiones, una comida sencilla puede convertirse en uno de los mejores momentos del día. No necesitamos grandes preparativos ni platos sofisticados. A veces basta una olla de spaguetti, algo para acompañar y un grupo de personas hambrientas, sí, pero aun más, con ganas de compartir.
Y, por supuesto, mi acción favorita, también hubo tiempo para seguir conversando.
Búhos Bikepackers: mucho más que un grupo de WhatsApp
Durante la jornada hablamos de muchas cosas, pero la bicicleta estuvo presente una y otra vez. No podía ser de otra manera: nos habíamos reunido precisamente gracias a esa pasión común que nos empuja a salir, explorar y descubrir nuevos caminos.
Conocer a otros viajeros es mi regalo favorito; siempre resulta enriquecedor. Cada persona tiene sus propias experiencias, sus rutas preferidas, sus maneras de resolver los problemas que aparecen durante una salida y sus proyectos para el futuro.
Algunos disfrutan de las excursiones de un día; otros sueñan con atravesar provincias enteras o recorrer países llevando todo lo necesario sobre la bicicleta, o sobre las espaldas.
En ese sentido, el término bikepacking me parece especialmente interesante. Se utiliza para describir una forma de viajar en bicicleta con equipaje ligero, normalmente distribuido en bolsas adaptadas al cuadro, el manillar o el sillín. Permite combinar ciclismo, aventura, autonomía y contacto con la naturaleza.
En español también podemos hablar de cicloturismo, cicloviajes o viajes de aventura en bicicleta, aunque no todos estos términos significan exactamente lo mismo. El cicloturismo puede incluir recorridos por carreteras, visitas culturales y alojamientos convencionales, mientras que el bikepacking suele asociarse con una mayor autonomía y con rutas en las que el equipaje reducido facilita explorar caminos y terrenos variados; a lo que se le presta menos atención a las comodidades consabidas del turismo regular.
En mi caso, me identifico con ese espíritu viajero que no necesita demasiadas cosas para salir a descubrir el mundo. Me gusta caminar, pedalear, conocer lugares, compartir con otras personas y dejar que cada experiencia me enseñe algo nuevo.
Por eso agradezco haber coincidido con el grupo que Dayner encontró y al que me sumó. Aquella excursión no fue solamente una salida para bañarnos en el río. También fue una oportunidad para conocer nuevos viajeros, intercambiar ideas y abrir la puerta a futuras aventuras.
Gracias, Búhos Bikepackers. Quién sabe cuántos caminos nos esperan todavía.
Viajar cerca también es viajar
A veces imaginamos que para vivir una gran aventura necesitamos recorrer cientos o miles de kilómetros, cruzar fronteras o pasar semanas lejos de casa. Sin embargo, esta salida a Ojo de Agua volvió a demostrar que la aventura también puede encontrarse a pocos kilómetros de nuestro punto de partida.
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Salimos desde La Lisa, pedaleamos unos veinte kilómetros, nos bañamos en el río, exploramos una cueva, saltamos al agua, compartimos una comida abundante y conversamos hasta perder la cuenta de las horas. No necesitábamos mucho más.
Para mí, esa es una de las esencias de la filosofía mochilera: aprender a disfrutar del camino sin esperar a que llegue el gran viaje. Una excursión corta, escalar la montaña más cercana, bañarnos en el río Ariguanabo…; puede enseñarnos tanto como navegar en El Nilo. Siempre que vayamos dispuestos a descubrir, compartir y dejarnos sorprender.
Además, viajar en bicicleta, como os comenté en otra página, tiene un gran valor agregado: es el único medio de transporte que nos permite acercarnos al paisaje de una manera diferente. Sentimos el aire, percibimos los cambios del entorno y vivimos el recorrido con una intensidad que a menudo se pierde cuando nos desplazamos demasiado deprisa, o en vehículos que no se detienen con la facilidad como podemos hacerlo en una Bici.
Y cuando el destino es un espacio natural como Ojo de Agua, la combinación resulta perfecta: ejercicio, aventura, agua, comida compartida y buena compañía. ¿Qué más pedir?
Consejos para visitar Ojo de Agua en una excursión
Si estás pensando en conocer Ojo de Agua, especialmente si quieres hacerlo en Bicicleta desde La Habana, te recomiendo organizar la salida con cierta preparación.
1. Planifica la ruta antes de salir. Nosotros nos reunimos en la fuente de Frank País, en La Lisa, y desde allí iniciamos el recorrido. Los aproximadamente veinte kilómetros que hicimos corresponden a nuestra experiencia; la distancia exacta puede variar según el punto de partida y el itinerario elegido. Pero es bastante cerca. Aun así, antes de salir, comprueba la ruta en un mapa actualizado, preferiblemente descargado offline (yo uso Organic Maps); y, de ser posible, consulta con otros ciclistas que conozcan el camino.
2. Lleva agua suficiente. Al menos para el pedaleo. En Cuba, el calor puede convertirse en uno de los mayores desafíos de cualquier excursión. No esperes a tener sed para beber y lleva más agua de la que calculas necesitar, especialmente si piensas pedalear, nadar y pasar muchas horas al aire libre. Aunque en el lugar hay agua potable, no os confiéis.
3. Prepara una comida sencilla. Si vas en grupo, podéis organizar una comida compartida y distribuir los alimentos entre las mochilas. Los spaguetti que preparamos nosotros fueron una buena manera de recuperar energías, pero recuerda llevar también utensilios adecuados y recoger todos los residuos después de comer. Por favor, botar basura es cosa de imbéciles.
4. Lleva ropa para bañarte y una muda seca. Una bolsa impermeable puede ayudarte a mantener protegidos el teléfono, la documentación y otros objetos importantes mientras disfrutas sin preocupación. En estos días llueve a menudo.
5. Consulta las condiciones del lugar. En nuestro caso fuimos a rumbo. El lugar cobra la entrada a 30 pesos cubanos los niños y 50 los adultos. Cobran 30 pesos por cada Bici en el parqueo. Estos precios son en el otoño e 2026. No os garantizo, con la fragilidad y volubilidad de la economía cubana, que sean los mismos precios mañana.
6. Disfruta de la aventura sin asumir riesgos innecesarios. Si vas a bañarte, comprueba las condiciones del agua. Antes de saltar desde un puente o utilizar una cuerda, verifica la profundidad, la ausencia de obstáculos y la seguridad de la estructura. No te adentres en una cueva desconocida sin conocer sus condiciones y sin el equipo y la compañía adecuados.
7. Respeta el entorno natural. Lleva una bolsa para recoger tus desperdicios, evita dejar plásticos y envoltorios, no dañes la vegetación y procura que el lugar quede tan limpio como te gustaría encontrarlo en tu próxima visita.
8. Si viajas en grupo, cuida del grupo. Acuerda puntos de encuentro, mantén una comunicación clara y adapta el ritmo de pedaleo a las posibilidades de los participantes. La idea es que todos puedan disfrutar de la experiencia y regresar a casa sin contratiempos.
Ojo de Agua, una aventura que invita a regresar
Cuando recuerdo nuestra excursión, no pienso únicamente en los kilómetros recorridos ni en el tiempo que pasamos dentro del agua. Recuerdo las conversaciones, las bromas, la comida compartida, los compañeros que se lanzaron desde la cuerda, el pobre Gari que secuestraron del lugar, y la satisfacción de haber aprovechado el día haciendo algo que nos gusta.
También pienso en lo valioso que resulta conocer a personas nuevas a través de una pasión compartida. Dayner me abrió la puerta a este grupo y ahora queda por delante la posibilidad de seguir coincidiendo en otras rutas, descubrir nuevos rincones de Cuba y acumular esas historias que después contamos una y otra vez.
Ojo de Agua fue el escenario de una jornada sencilla, pero llena de vida. Una excursión de esas que nos recuerdan que no hace falta tener mucho dinero, grandes recursos ni demasiado tiempo libre para disfrutar de la naturaleza. A veces basta organizarse, preparar la bicicleta y reunir a unos cuantos amigos con ganas de rodar.
Si Dios lo permite, yo seguiré viajando, buscando nuevos destinos y compartiendo mis experiencias en esta Bitácora de Viaje. Porque ser mochilero no significa solamente viajar lejos: significa mantener viva la curiosidad, aprender a disfrutar de lo que tenemos cerca y comprender que cada camino puede convertirse en una historia digna de ser contada.
Y si ese camino termina junto a un río, con una cueva por explorar, una buena spaguettada y un grupo de cicloturistas con quienes hablar de bicicletas hasta que se haga tarde, mucho mejor.
Sobrinas y sobrinos del mundo mundial, les deseo muchas aventuras como esta.
Hasta que nos volvamos a encontrar.
Vuestro, Tío Lucio el Viajero.


