nacimiento de Madison
Viajes Interiores

Madison: una nueva vida…, y los caminos infinitos de la familia

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Sobrinas y sobrinos, hoy tengo que escribiros sobre uno de esos Viajes Interiores que marcan mi vida, y del que no puedo pasar por alto; incluso, aunque no sea de esos destinos que uno le atraviesa caminando. Porque lo cierto es que hay viajes que no necesitan mochila, bicicleta, ni pasaporte… Basta con que nazca alguien para que el corazón emprenda un camino nuevo.

¡¡¡Soy tío abuelo!!! ¡¡¡Soy feliiiiiiizzzzz!!!

Hoy me cuesta ponerle medida a la alegría.

El Nacimiento de Madison

Algunas noticias llegan y te ensanchan el pecho. Te hacen reír y llorar a la vez; te recuerdan que la vida sigue abriéndose paso incluso cuando uno cree que ya conoce bastantes de sus caminos. Mi sobrina Tali acaba de convertirse en mamá. Ha nacido Madison, una niña que llega a este mundo con toda una familia esperándola, queriéndola, aun sin conocerle; y soñando con las aventuras que algún día compartiremos con ella (al menos yo ya tengo pensado que viajaremos juntos a conocer la Antártida).

Y aquí estoy yo, en la distancia, su tío abuelo, con esa felicidad que no me cabe en el cuerpo y que me sale por los dedos mientras escribo. Porque Tali no es para mí solamente una sobrina. Es también mi compañera de tantos viajes, de tantas aventuras. Hemos compartido tantos de esos momentos que se quedan guardados en la memoria y que, con los años, uno termina contando como quien vuelve a sacar del fondo de la mochila un objeto querido, desgastado por el uso, pero cargado de historias, de recuerdos, de emociones.

Hemos compartido caminos, experiencias y esa complicidad que se va construyendo cuando dos personas se descubren capaces de disfrutar juntas de la aventura interminable de los viajes. Por eso, saber que ahora ella inicia uno de los caminos más grandes de su vida, me conmueve de una manera especial. ¡Jo!

Puede que en esta página repita muchas palabras. Estoy radiante de alegría. Y esa borrachera espiritual a veces obnubiliza nuestras expresiones.

Mi compañera de aventuras se ha convertido en madre.

soy tío abuelo Nacimiento de Madison
Soy Tío Abuelo!!!

Y yo, que tantas veces he caminado a su lado por los caminos del mundo, comienzo a imaginarla recorriendo con Madison senderos nuevos, muy distintos de aquellos que conocimos juntos, pero seguramente igual de intensos, gratos, hilarantes.

Hace un tiempo, Tali se mudó a Brasil con mi hermano, creo que a Porto Belo. Ella, con el fruto de su matrimonio con Ayán en el vientre, realizó la travesía desde Cuba-Guyana-Brasil. La vida, que nunca deja de movernos de un lugar a otro, ¿verdad? La llevó hasta allí para comenzar una etapa diferente. Y, la nueva integrante de nuestra famiglia, viajaba sin mirar por la ventana.

Ahora, en esa tierra brasileña, entre otros paisajes, otras costumbres y otros horizontes, Madison ha venido a la luz; a comenzar su primer viaje en brazos de los seres más cercanos. Una pequeña vida que nos acerca incluso a quienes estamos lejos (pues me considero cercano aunque distante); y que nos recuerda que la famiglia no necesita compartir el mismo techo, ni vivir en la misma ciudad para seguir siendo famiglia.

Por mucho, pienso que los viajes más importantes no son aquellos que nos llevan a conocer países lejanos –en latitud y cultura–, sino los que nos obligan a descubrir cuánto podemos amar en ellos. La llegada de Madison es precisamente eso: un viaje interior, una invitación a mirar de nuevo la vida, a revisar nuestras prioridades y a comprender que, mientras nosotros seguimos haciendo planes sin tener en cuenta el tiempo, Dios continúa tejiendo la historia de quienes amamos.

Madison, casi compartimos cumpleaños

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Creo que ya sonríe sus travesuras…

Hay una coincidencia que me hace sonreír todavía más: Madison y yo casi nacimos el mismo día. Me gusta pensar en ese pequeño guiño de Dios, en esa “casualidad” que algún día podremos contarle y que quizá, cuando sea mayor, le hará gracia tanto como me la hace a mí ahora. Espero que sí.s

Imagino el momento en que pueda decirle: «¿Sabes, Mad? Tú y yo llegamos al mundo en la misma época del año. Espero que el otoño, como a mí, llegue a ser vuestra temporada favorita. ¡Menuda manera de empezar nuestra vida!». Y así, durmiendo sobre la hierba, bajo el cielo estrellado en un lugar remoto, compartiremos juntos nuestras historias.

No sé todavía qué le gustará, qué cosas le harán reír a carcajadas, qué música preferirá, qué preguntas se hará cuando empiece a descubrir el mundo…, ni cuáles serán sus sueños. No sé si heredará de su madre esa disposición para compartir aventuras, si sentirá curiosidad por los caminos que se pierden detrás de las montañas o si preferirá inventarse sus propios universos en una habitación llena de juguetes. Y, la verdad, tampoco necesito saberlo ahora.

Lo hermoso es que tiene toda una vida por delante para descubrirlo. Solo le pido a Dios que este tío pueda ser parte.

Libertad de personalidad

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Se le paran los pelos pensando en posibles prisiones.

Yo, que he aprendido a disfrutar de las aventuras sin conocer siempre el destino, con la mayor libertad posible, quiero desearle desde ahora ese mismo derecho: el de crecer sin que otros le escriban anticipadamente el mapa de su existencia. Que aquellos que decimos amarnos lo seamos de veras. Que encuentre su rumbo, con equivocaciones e interrogantes; que aprenda a distinguir entre lo que desea de verdad y aquello que los demás esperan de ella.

Y que, cuando necesite compañía, sepa que hay una famiglia a la que puede acudir; que tiene madre, padre, abuelos, tíos, primos, y un tío viajero que se alegrará cada vez que la vida le regale una nueva historia juntos.

Porque el amor familiar también consiste en eso: en estar presentes, aunque no siempre podamos estar cerca.

Cuidad sobre todo su corazón

Si pudiera atreverme a pedir algo a papi y mami, para Madison, además de salud y una vida larga, pediría que la cuiden con amor, con sabiduría y con una sensibilidad profunda hacia la persona que está comenzando a crecer.

Por supuesto que hay que protegerla, alimentarla, mantenerla limpia y sana, atender sus necesidades, procurar que duerma bien, que esté segura y que reciba todos los cuidados que necesita. Todo eso importa, y mucho.

Sin embargo, considero que hay valores mucho más importantes que esos, de los cuales tener atención.

Quisiera recordaros a quienes la acompañen en su crecimiento, no confundan cuidar con controlar, amar con consentir vanalmente, ni proteger con impedirle vivir.

A veces, los adultos nos preocupamos tanto por lo que puede ensuciarse, romperse, caerse o salir mal que terminamos olvidando algunas de las cosas más importantes. Nos obsesionamos con la limpieza, con el orden, con el «no hagas esto», «no toques aquello», «no te subas ahí», «no corras», «no preguntes», «no llores». Queremos evitarle todos los tropiezos, como si una infancia perfecta pudiera construirse eliminando cualquier posibilidad de error…

Y, sin darnos cuenta, podemos terminar cuidando mucho el cuerpo mientras dejamos para después el corazón.

Por otro lado, existe quien sobreprotege, quien mima en exceso, quien crea un falso amor hacia sus hijos hasta convertirlos en imbéciles, en mediocres que se creen el ombligo del mundo. Y entonces, en vez de haber educado un ser humano para la sociedad, solo procreó un monstruo.

Sueño con que Madison cresca en un ambiente donde pueda hacer preguntas sin miedo, exteriorizar sus emociones sin vergüenza, y expresar lo que piensa sin sentir que dejará de ser querida por tener una opinión diferente. Que aprenda a reconocer la tristeza y la alegría, la rabia y el miedo, y que encuentre en los adultos a su alrededor personas dispuestas a escucharla, corregirla, amarla.

Que Madison aprenda a respetar, sí, pero también a respetarse. Que sea capaz de escuchar sin despreciar, de defender sus ideas sin humillar, de pedir perdón sin sentirse menos y de aceptar las disculpas de los demás sin que eso signifique permitir que la lastimen una y otra vez. Porque de eso se trata este experimento que llamamos vida. ¿Vale?

Y, sobre todo, que crezca con la sensibilidad necesaria para reconocer el dolor ajeno, con la valentía de tender una mano cuando alguien lo necesite y con la libertad de decir no cuando algo vaya contra su dignidad (aunque esté “adornado de buenas intenciones”).

A ver si me entendéis, no estamos criando personas para que encajen perfectamente en el mundo que ya existe. Lo nuestro es acompañar para que algún día sean seres humanos.

Sé que estoy filosofando con palabrería cursi. Debe ser porque en mi alma se agolpan tantas falsas “caricias” de la Generación M…, que me dan asco.

Una niña no es una propiedad: es una persona que empieza a descubrirse

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Ya, me voy a recostar aquí un rato a descansar del duro trabajo.

Me gustaría que Madison creciera rodeada de adultos que comprendan que una niña no viene al mundo para cumplir los sueños pendientes de sus padres, para satisfacer las expectativas de la familia, ni para convertirse en una terrible traidora copia clonada de quienes la precedieron.

Llega con su propia personalidad, aunque todavía no sepamos cómo será. Tiene derecho a descubrir sus gustos, desarrollar sus talentos, cambiar de opinión y encontrar maneras de vivir que quizá no coincidan con las nuestras.

Tal vez un día quiera viajar por el mundo (no como yo, que lo hice por huir de…), tal vez prefiera echar raíces en un lugar tranquilo. Puede que ame los libros, los animales, el teatro, la música, las musarañas y los escorpiones del desierto, o alguna cosa que ninguno de nosotros haya imaginado todavía.

Quizá sea una niña tímida o quizá no pare de hablar ni debajo del agua. Puede que nos sorprenda con una sensibilidad que nos obligue a mirar la vida de otra manera.

¡Y qué maravilla sería que pudiera sorprendernos!

Que no tenga que pedir permiso para ser ella misma. Que encuentre orientación, límites razonables y compañía no egoísta; que también disponga de espacio para desarrollar su personalidad. Que no crezca buscando permanentemente la aprobación de los otros, sino aprendiendo a escuchar su conciencia, a pensar con criterio y a reconocer cuándo una decisión es buena, no solamente para ella, sino también para quienes la rodean.

Porque la vida en sociedad requiere algo más que conocer las normas. Necesitamos aprender a convivir con personas diferentes, a compartir espacios, a resolver conflictos, a aceptar que no siempre tendremos razón y a comprender que nuestra libertad no nos autoriza a pisotear la libertad de nadie.

Eso también se enseña en casa. Quizá, sobre todo, en casa. En ese hogar que no recuerdo…

Se enseña cuando los adultos se hablan con respeto, incluso durante un desacuerdo. Cumplen sus promesas o reconocen que no pudieron cumplirlas. Saben pedir perdón delante de los niños (muy importante ). No se burlan de quien es diferente. Ayudan sin esperar recompensa y cuando entienden que el cariño no debe utilizarse como moneda de cambio. Y mucho menos, cuando basan “el amor familiar” manipulado por sus egoísmos personales.

Madison aprenderá mucho más de lo que vea hacer que de lo que escuche decir. Por eso deseo que encuentre a su alrededor personas que procuren vivir los valores que quieren transmitirle. Personas imperfectas, porque todos lo somos; pero dispuestas a reconocer errores y a mejorar.

No necesita una familia de seres humanos impecables que la mimen a conveniencia… Necesita una familia capaz de amar, de dialogar, de rectificar y de permanecer unida sin dejar de respetar la individualidad de cada uno.

La espiritualidad de amar sin poseer

soy tío abuelo Nacimiento de Madison
Grrr. Tengo mucha fuerza!!!

Desde mi fe cristiana, la llegada de Madison me hace pensar en el regalo de la vida. En esa responsabilidad tan hermosa que tenemos cuando nos corresponde acompañar a alguien que apenas comienza a caminar por el mundo.

Cada niña y cada niño merecen ser recibidos con amor, dignidad y esperanza. Y para quienes creemos en Dios, una nueva vida también puede convertirse en una invitación a agradecer esta bendición tan grande que son los hijos. A cuidar y a preguntarnos qué clase de personas queremos ser para quienes nos rodean; aunque a mí –tal vez solo a mí–, me cueste tanto trabajo.

Me gusta pensar en el amor que aparece en las páginas de la Biblia: un amor paciente, bondadoso, que no busca imponerse, que no se alegra con la injusticia y que sabe perseverar. Un amor que no se limita a pronunciar palabras hermosas, sino que se demuestra en la manera de tratar al otro; incluso, frente a los errores.

Pienso en Jesús y en su manera de acercarse a los niños, de recibirlos y de recordar a los adultos que no debían apartarlos de Él. Hay algo profundamente humano y espiritual en esa escena: la importancia de reconocer el valor de los pequeños, de no considerarlos seres insignificantes que deben esperar a crecer para ser escuchados.

Madison merece ese respeto desde el principio. No cuando pueda devolver un favor, comprender una explicación o comportarse como esperamos; sino en cualquier momento, simplemente porque es una persona.

Ojalá crezca conociendo el amor de Dios. Y la fe, si llega a formar parte de su camino, le enseñe a amar, a perdonar, a servir y a buscar la verdad.

Espero que descubra la espiritualidad no como un repetir vacío de palabras, asistir a un templo o conocer determinados relatos. Sino en el actuar consciente hacia la compasión, la generosidad y el cuidado de los demás.

Que pueda ver en los adultos que la acompañan ejemplos de esa fe vivida, de esa confianza que no desaparece cuando las cosas se complican; y de ese amor que se hace presente incluso en los días más oscuros; cuando las nieves intenten arropar el corazón.

La familia sigue creciendo

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Venga ya, dadme lo mío.

Hay algo que siempre me ha emocionado de los viajes: uno puede marcharse de un lugar, alejarse durante meses o años y descubrir, al regresar, que la vida ha seguido sucediendo mientras uno estaba lejos.

Como siempre decimos, el tiempo vuela. Los niños crecen, los mayores envejecen, las familias se transforman. Y lo mejor de todo, aparecen nuevos miembros y se abren caminos que antes ni siquiera imaginábamos.

Tali, Ayán, preparaos para lo que se avecina. Je, je.

A veces me pregunto cuántas historias familiares se están escribiendo ahora mismo en lugares donde no estamos. Cuántas conversaciones…, cuántas pequeñas primeras veces están ocurriendo mientras nosotros pedaleamos por una carretera, atravesamos una frontera o contemplamos un paisaje por primera vez.

Hoy, una de esas historias tiene nombre propio: Madison.

Mi sobrina Tali, aquella compañera de viajes y aventuras, inicia una etapa que seguramente le enseñará cosas que ningún viaje anterior pudo enseñarle. La maternidad abrirá ante ella un territorio desconocido, lleno de ternura y también de cansancio, preguntas, incertidumbres, aprendizajes, miedos.

Habrá días luminosos y otros en los que necesitará descansar, pedir ayuda o recordar que también ella sigue siendo una persona con sus propios sueños y necesidades, como hija de Dios. Que Madison no llegó en el momento equivocado, ni le restará nada a su vida; todo lo contrario.

Por eso deseo que esté acompañada. Que pueda contar con personas que la sostengan emocionalmente, que la escuchen sin juzgarla y que no le exijan ser una madre perfecta.

Quiero que Tali pueda seguir siendo Tali. Que la maternidad no le quite su personalidad, su alegría, su curiosidad ni el derecho a tener proyectos propios. Que descubra nuevas maneras de compartir sus aventuras con Ayán y Madison, pero que también conserve espacios para sí misma, y para su esposo.

Y anhelo que mi hermano disfrute de este nuevo capítulo con el corazón abierto; comprendiendo que la familia crece realmente cuando cada integrante encuentra su lugar (para que luego él me lo enseñe a mí, porque decirlo es fácil, pero ni me lo creo).

A mí me toca ahora descubrir qué significa ser tío abuelo de Madison. No sé cuántas aventuras compartiremos, ni qué lugares llegarán a formar parte de nuestra historia; ni siquiera, cuándo podremos abrazarnos. Pero sí sé que me hace feliz imaginarla creciendo, conociendo el mundo y construyendo su propia manera de habitarlo.

Quizá algún día le cuente historias de caminos lejanos, de bicicletas cargadas de equipaje, de países que parecen pertenecer a otro planeta y de encuentros inesperados con personas que terminan convirtiéndose en amigos. Quizá nos sentemos juntos a mirar fotografías de mis viajes y ella me haga preguntas que yo jamás habría imaginado. Porque algunos pensamos que los muchacos son cada vez más inteligentes, o adelantados.

Y quizá, cuando sea mayor, sea ella quien me cuente sus propias aventuras, sus descubrimientos y sus sueños. Entonces me tocará escuchar, aprender y comprender que el mundo que ella conoce será distinto del que yo recorrí (y esto, mil gracias a Dios).

¡Eso también es viajar juntos!

Por último, le deseo el mayor de los refugios:

Que nunca le falte un lugar al que regresar

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Después de sus pechos el paraíso.

Si parafraseo una expresión bíblica: “por la abundancia del corazón…” El saberme sin refugio al que regresar, me inspira a desearle el mayor de los regalos.

Si pudiera dejarle a Madison un único regalo para toda la vida, no sería una casa perfecta, una habitación impecable ni una colección de cosas materiales. Le regalaría, si estuviera en mis manos, la certeza de que existe un lugar en el mundo donde puede ser ella misma y donde siempre habrá alguien dispuesto a escucharla.

Un lugar al que regresar después de una decepción. Un abrazo que no tenga que ganarse. Una conversación en la que pueda decir la verdad sin miedo. Una familia que celebre sus alegrías sin apropiarse de sus triunfos y que permanezca a su lado cuando las cosas no salgan como esperaba; sin la mirada inquisidora, y la verborrea traidora de la Generacion M.

Que tenga la libertad de marcharse cuando necesite conocer otros horizontes y la tranquilidad de regresar cuando quiera compartir lo aprendido.

Yo, que tantas veces he sentido que el mundo es demasiado grande para quedarme quieto en un solo lugar, sé que hay algo maravilloso en tener raíces sin renunciar a las alas. Las raíces nos recuerdan de dónde venimos; las alas nos permiten descubrir adónde podemos llegar. Todo esto en el equilibrio entre Mochila y Famiglia.

Ojalá Madison crezca con ambas cosas. Con raíces profundas en el amor de su familia y con alas suficientes para buscar su propio destino.

Una nueva aventura comienza

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¿Qué habrá nacido primero…?

Hoy, en mi día de cumpleaños –31 de octubre, no he preparado la mochila para salir a una carretera desconocida. No estoy cruzando una frontera, ni buscando un rincón del mundo que todavía no aparezca en mis fotografías, y al que pueda llegar. Sin embargo, siento que la vida acaba de abrir ante mí otro camino, uno de esos que no se recorren con los pies, sino con la memoria, la ternura y la esperanza.

29 de octubre de 2026: ha nacido Madison. Mi sobrina Tali es madre. Mi familia es un poquito más grande, y mi corazón también.

Me emociona pensar en todas las primeras veces que le esperan; como nos sucedió a Lucía y a mí. Sus primeras palabras, sus primeros pasos, las primeras preguntas, la primera vez que escuche el eco, o conozca el Helado, las primeras amistades, las primeras decisiones tomadas con esa mezcla de curiosidad y temor que acompaña a todo ser humano cuando descubre algo nuevo.

Pero mi gran emoción es que ella sepa en el futuro, que este día 29 de octubre de 2026, me alegra profundamente que esté aquí. Bueno, allá.

Y si algún día lee estas líneas, quiero que sepa que ya era querida antes de que pudiéramos compartir una conversación. Que su nacimiento nos ha regalado una alegría inmensa y que le deseo algo mucho más importante que una vida sin dificultades: deseo que tenga la fortaleza para atravesarlas, la humildad para aprender, la libertad para elegir y la sensibilidad para no olvidar nunca a los demás. Pero sobre todas las cosas, que no sea estúpida ni engreída, los dos fundamentos de la mediocridad.

Madison, que Dios te acompañe, la vida te enseñe; y el amor de tu familia sea siempre uno de esos faros que ayudan a encontrar el camino, incluso en las noches más oscuras.

Hoy, mientras me hallo en México y tú en Brasil, brindo por ti. Brindo por Tali, por mi hermano y por esta familia que sigue creciendo a pesar de las distancias. Y brindo también por esa hermosa caricia de parte de Dios, de haber nacido casi el mismo día que tu tío Manu y yo, porque ahora tendré una razón más para sonreír cada vez que se acerque mi cumpleaños.

¡Soy tío abuelo!

¡Y soy inmensamente feliz!

Bienvenida, Madison. Que nunca te falte amor para crecer, libertad para ser tú misma, fe para vivir en la verdad, esperanza para caminar y bondad para hacer de este mundo un lugar un poquito más alegre.

Con todo el amor de tu tío abuelo, el mochilero que ya sueña con las aventuras que algún día podremos compartir tú y yo.

Tío abuelo Lucio el Viajero.

Lucioviajero

Mi gente, soy mochilero de cuerpo y alma. Esta es mi bitacora de viajes. Acá les dejo mis aventuras, junto con mucha info útil para sus escapadas.
Nos vemos por las calles del mundo.

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