
5 días geniales en bicicleta entre Rusia y Bielorrusia
Hola, sobrinas y sobrinos viajeros y ciclistas, he postergado esta página por cuestiones de tiempo y desorganización. Espero que me comprendáis. Es difícil, muy difícil el concepto de organización para un viajero y artista… Pero ya la tenéis acá. Es una deuda de la pasión que muchos sentimos por las Bicis. Así que os comparto Mi viaje en bicicleta entre Rusia y Bielorrusia.

Cinco días, una bicicleta y todo lo necesario en la mochila
Durante mi tercer Slow Travel por Rusia viví una de esas aventuras que explican bastante bien mi manera de entender los viajes. Fueron cinco días recorriendo en bicicleta los caminos entre Rusia y Bielorrusia, con todo lo necesario para sobrevivir por mi cuenta: una mochila, un saco de dormir, algunas provisiones y muchas ganas de seguir pedaleando.
Aunque debo confesarles que tampoco fueron muchos kilómetros. ¿Vale?

No llevaba grandes equipajes ni necesitaba demasiadas comodidades. En la mochila guardaba algunas cosas para comer, alimentos sencillos que me permitían improvisar las comidas sin depender de restaurantes ni de encontrar un lugar donde comprar algo cada día; aunque comprar es fácil en esta parte del mundo. También llevaba mi saco de dormir, que terminaría convirtiéndose en uno de los mejores compañeros de aquella aventura.
Cinco días pueden parecer poca cosa para quienes están acostumbrados a viajes largos… Pero, desde mi manera de ver la vida, cuando uno viaja por su cuenta, carga con sus pertenencias y busca dónde pasar la noche en plena naturaleza, el tiempo adquiere otra dimensión. Cada jornada tiene su propio ritmo, distancia, metas. Cada parada responde a una necesidad o deseo; y cada lugar donde decides descansar puede convertirse en una pequeña historia dentro del mismo trayecto.
Así fue aquella aventura: cinco días de viaje en bicilceta entre Rusia y Bielorrusia: paisajes, frío y noches al aire libre, especialmente en los bosques cercanos a la ciudad de Smolensk.
Mi Viaje en Bicicleta entre Rusia y Bielorrusia
Mi manera de viajar no consiste en llegar cuanto antes a un destino para tacharlo de una lista. Me gusta avanzar despacio, observar lo que sucede a mi alrededor y descubrir los lugares sin la obligación de cumplir un itinerario turístico convencional.

Y, aunque la mayoría de las veces no he podido hacerlo de esta manera, la bicicleta encaja perfectamente en esa filosofía porque me permite sentir el territorio de una forma que difícilmente conseguiría desde un tren, un automóvil o un autobús.
Como ya lo comentaba una vez, cuando pedaleas, el paisaje no aparece de golpe ni desaparece detrás de una ventanilla. Lo vas recorriendo poco a poco, kilómetro a kilómetro, con el cuerpo expuesto al aire libre, y a los cambios de temperatura. Puedes detenerte cuando algo te llama la atención, descansar cuando las piernas lo necesitan o buscar un sitio tranquilo donde comer, dormir…, antes de continuar.
Aquellos cinco días entre Rusia y Bielorrusia fueron una expresión muy auténtica de ese slow travel que tanto me gusta. No necesitaba grandes atracciones ni actividades organizadas; porque a la verdad, ya me conozco esta región un poco.
La aventura estaba en el propio desplazamiento, en la autonomía de llevar mis cosas y en la posibilidad de encontrar un lugar donde dormir cada noche sin tener que buscar una habitación.

Viajar así exige cierta preparación, por supuesto. Hay que pensar en la comida, cuidar el equipaje y estar dispuesto a resolver los pequeños problemas que puedan surgir. Y meterle ganas al pedaleo (más para mí que no soy ciclista). Pero también ofrece una libertad difícil de explicar a quien nunca ha viajado de esta manera.
Os lo aseguro: ¡es la hostia!
La bicicleta era mi medio de transporte, la mochila contenía mis pertenencias y el camino se encargaba de poner el resto. Por cierto, los bosques más bellos y saludables que he conocido hasta la fecha. A la honda de El Señor de los anillos…
Smolensk y los bosques donde pasaba la noche

Uno de los recuerdos más vivos de aquella experiencia está relacionado con Smolensk y los bosques de sus alrededores, donde pasé algunas de las noches del recorrido, tanto de ida como de regreso.
Dormir en un bosque ruso tiene una atmósfera muy diferente a la de acampar en un lugar preparado para turistas convencionales. Cuando llega la hora de descansar, no hay una habitación esperando, ni una recepción, con chica hermosa y agradable, ni las luces coloridas de un hotel. Hay que encontrar un lugar apropiado, preparar el saco de dormir y acomodarse para pasar la noche en la tranquilidad intranquila del “vecindario”.

En esas circunstancias, la sencillez deja de ser una idea romántica y se convierte en algo práctico. Tener un buen saco, disponer de comida y llevar lo imprescindible puede marcar la diferencia entre una noche incómoda y un descanso reparador.
Yo tenía la suerte de contar con un saco de dormir que me acomodaba estupendamente. En esos días las temperaturas bajaban de cero, y el frío ruso no era precisamente una broma. Sin embargo, aquel saco me protegía tan bien que podía descansar y recuperar fuerzas para continuar pedaleando al día siguiente.
Siempre he pensado que el equipamiento adecuado no tiene que ser necesariamente abundante ni lujoso. Tiene que servir para aquello que necesitas. Durante aquel recorrido, mi saco de dormir demostró su valor noche tras noche, y todavía recuerdo lo importante que resultaba tenerlo cuando el termómetro descendía y el bosque se preparaba para otra madrugada helada.

La bicicleta podía esperar al día siguiente. Por unas horas, lo único importante era descansar, mantenerme abrigado y recuperar las fuerzas.
El aullido que rompió el silencio del bosque
Pero hubo una noche que recuerdo de una manera especial. Vaya, de las que no se olvidan jamás.
Estaba en los alrededores de Smolensk, durmiendo en el bosque, cuando escuché un aullido que me puso la piel de gallina. ¡Auuuuuuuu! Fue un sonido escalofriante, demorado, de esos que parecen atravesar la oscuridad y hacer que uno preste atención a todo lo que sucede a su alrededor.
Lo repitió varias veces.
Mi primera impresión fue que podía tratarse de un solo lobo. No puedo asegurarlo. No podía identificar de dónde procedía el sonido ni si era uno solo, aunque me pareció el mismo “registro de voz”. Lo cierto es que, en aquel momento, mi imaginación se puso a trabajar por su cuenta.

Una cosa es escuchar hablar de los lobos y otra muy diferente encontrarse solo, de noche, en un bosque ruso, con temperatura de -3 grados, y sin más refugio que tu equipo de viaje.
De pronto, el bosque parecía mucho más grande.
El silencio que había antes de aquel aullido ya no era el mismo. Me quedé con aquella sensación difícil de describir, entre la inquietud, el respeto por la naturaleza y la conciencia de estar en un lugar donde yo era solamente un visitante minúsculo y desprotegido (muy por debajo en la cadena alimenticia).
Porque es cierto que llevaba un cuchillo genial; pero como la fama de estos tíos es de andar en manadas…
Gracias a Dios, aquí estoy para contar la historia, no hubo un encuentro con el animal. Yo estaba comenzando mi cena cuando el primer aullido terminó con mi apetito. Dejé todo a un lado y me escondí en el saco de dormir como si un trozo de tela pudiese protegerme de los colmillos.
Al rato se calló y yo, más feliz que una perdiz, me dediqué a conciliar el sueño en una de las noches más inolvidables de mi corta existencia de niño explorador.
Yogur, queso, pan y latas de carne: la cocina del cicloviajero

Cuando uno viaja con un presupuesto ajustado y decide llevar su propia comida, aprende a apreciar las cosas sencillas. Como el dinero y yo siempre estamos enemistados, tengo por costumbre ahorrar al máximo. Mis provisiones para aquellos cinco días no tenían nada de extraordinario: kefir, yogur de varios sabores –para no aburrirme–, queso (que tanto amo), pan, mayonesa, latas de carne, algunas galletitas dulces para variar, leche y algunas barras de mi chocolate con almendras favorito (Step, el más barato de Rusia y el más sabroso).
No era un menú elaborado ni pretendía serlo. Eran alimentos que podía transportar y combinar de manera práctica durante el recorrido. Con ellos resolvía comidas sin tener que depender constantemente de establecimientos comerciales, algo especialmente útil cuando tu ruta y tus horarios están determinados por el pedaleo y por la necesidad de encontrar un lugar adecuado para descansar; mientras disfrutas de la buena vida.
Además, no tenía ganas de disponer de fuego, por desconocer las leyes de estos dos países al respecto.
Sin embargo, este menú recurrente, sabía a gloria.

La comida adquiere otro significado cuando has pasado horas sobre una bicicleta. Después de una jornada de esfuerzo, sentarse a comer algo sencillo puede convertirse en uno de los momentos más agradables del día. No hace falta una mesa elegante ni una carta de restaurante. Basta con tener algo que llevarte a la boca, un lugar donde descansar y la tranquilidad de saber que todavía puedes continuar al día siguiente (si no te comen los lobos, te hace tiritas el Lince Iberoasiático que hay en estos bosques, o te despedazan los osos con sus aires prepotentes).
También aprendes a organizarte. Lo que llevas debe caber en la mochila, resistir el transporte y ser suficiente para tus necesidades. Cada objeto y cada alimento ocupan un espacio que debes administrar con cuidado.
Aquella pequeña despensa viajera formaba parte de mi autonomía. No necesitaba grandes cosas para continuar el recorrido. Necesitaba pedalear, alimentarme, encontrar un lugar seguro donde pasar la noche y conservar fuerzas para la siguiente etapa.
Cuando el termómetro baja de cero
El frío fue uno de los elementos que definieron aquella aventura. Las temperaturas estaban agradables, sobre lo frío, pero aceptables. Varios inviernos rusos te hacen comprenderle de otra manera. Todas las noches las temperaturas descendían por debajo de cero. En esos días se mantuvieron entre -5 y +3. Y, a pesar de ser agradables, obligan a prestar mucha más atención al descanso cuando estás viajando al aire libre.
En esas condiciones, el saco de dormir deja de ser un simple accesorio para convertirse en una pieza esencial del equipaje. El mío resultó genial y me permitió afrontar aquellas noches con mucha tranquilidad.

Claro, el hecho de ser copia china demostró que cuando dice soportar -30 grados, supongo que se refiera a que los aguanta la tela sin romperse. Je, je. La noche que bajó a -5 tuve que dormir con doble ropa y las botas puestas. “-30 dice. Miiiraaaa…”
Pero igual es agradable comprobar que algo que preparaste antes de salir responde exactamente cuando lo necesitas. Puedes llevar una bicicleta magnífica, tener muchas ganas de viajar y sentirte capaz de pedalear durante horas, pero si no consigues descansar, el día siguiente se vuelve mucho más difícil, tedioso…; nada que ver con el viaje que uno desea.
Por eso desde hace mucho tiempo aprendí a valorar tanto las pequeñas decisiones que tomamos antes de emprender una aventura. Elegir bien el equipo, pensar en las condiciones del recorrido y no cargar con cosas innecesarias son parte de la experiencia mochilera (aunque esto último lo aprendo pero no lo aprehendo).
Lo cierto es que la libertad de dormir en plena naturaleza no consiste en ignorar el frío ni en improvisarlo todo. Consiste en prepararse lo suficiente para poder disfrutar del camino sin depender de una infraestructura turística a cada paso.
Aquellas noches bajo el cielo ruso me recordaron que viajar con poco no significa viajar sin pensar. Significa conocer tus necesidades y llevar contigo lo que realmente importa; aunque tengas pocos recursos financieros.
Rusia y Bielorrusia: viajar con el camino por delante

Cruzar una región en bicicleta tiene algo que me resulta especialmente atractivo: el viaje deja de ser una sucesión de lugares para convertirse en una experiencia continua, y de significados distintos.
Durante aquellos cinco días en bicicleta, mi atención estaba puesta en el recorrido. Los bosques cercanos a Smolensk y Orcha quedaron ligados a mis recuerdos de aquellas jornadas; sobre todo por las noches de frío y por aquel misterioso aullido que todavía…
Ese tipo de aventura te permite conocer tus límites y reconocer lo que de verdad necesitas. También te enseña a convivir con la incertidumbre. No todas las noches son iguales, no todos los días ofrecen las mismas condiciones y no siempre puedes anticipar lo que sucederá después de la siguiente curva.

Pero esa incertidumbre no tiene por qué ser un problema. Con preparación, prudencia y una actitud abierta, puede convertirse en una parte enriquecedora de la aventura.
Si os soy franco, esa incertidumbre es uno de los detonantes más importantes que me hacen lanzarme al camino.
La filosofía mochilera de viajar en bicicleta
Después de tantas aventuras, sigo encontrando en la bicicleta una de las formas más honestas de viajar. No porque sea siempre la más fácil, y para mí no es la más placentera; sino porque te obliga a participar directamente en el recorrido.

Creo haberlo dicho, pero lo repito: no soy ciclista, soy mochilero. Pero la unión de la Mochila con la Bici es una pasada complementaria tan simbiótica que le amo.
Viajar en Bici es un reto grande para mí. Cada kilómetro requiere un esfuerzo. Cada subida se siente en las piernas. Cada parada responde a una necesidad o a una curiosidad. Y cada noche al aire libre te recuerda que, durante unos días, puedes vivir con mucho menos de lo que normalmente consideramos imprescindible.
Aquellos cinco días de viaje en bicicleta por Rusia y Bielorrusia fueron una pequeña lección de autonomía. Era el primero de muchos cicloviajes que se han sucedido luego.
Eso es lo que busco en mis aventuras mochileras: no acumular destinos para contarlos después; sino vivir experiencias que me permitan comprender mejor los lugares y también comprenderme a mí mismo. Es un gesto digno de agradecerle al Creador. Porque a la larga, no soy de los que se creen autosuficientes, sino de aquellos que saben agradecer.

A veces el viaje más valioso no es el que te lleva más lejos, sino aquel que te enseña a necesitar menos y a prestar más atención a lo que te rodea.
Recuerdos
Cuando pienso en aquel recorrido, vuelvo mentalmente a la bicicleta cargada que salió de Volgogradsky Prospekt, en Moscow, para rodar por autopistas bellas y terraplenes aun más encantadores. Pienso en lo sabroso de los alimentos que llevaba conmigo. Me vienen a la mente los bosques que tanto amo, y las noches en las que el frío era sobrecogedor y placentero (comienza a hacerse feo cuando baja de -5).
Recuerdo especialmente la confianza que me daba mi saco de dormir; quien está justo a mi lado ahora mismo en esta estación de Autobuses del Puerto de Veracruz, México; y, aunque acá no he tenido que usarlo, también lo traje, por si las moscas.

Y, entre los recuerdos más vívidos de aquel viaje, por supuesto que ocupa el podio aquel aullido que rompió la quietud del bosque, haciéndome pensar que quizá pasaría yo a ser el pan con mayonesa de alguien.
No creo que repita exactamente aquella ruta. Tampoco necesito hacerlo para valorar lo que significó.
Fueron cinco días de independencia, esfuerzo y contacto con la naturaleza. Me permitieron ver, una vez más, por qué disfruto tanto de los viajes sencillos, de los recorridos sin demasiadas comodidades y de la posibilidad de dormir bajo las estrellas después de una jornada sobre dos ruedas.

Porque para mí ser mochilero no significa solamente viajar barato. Significa estar dispuesto a adaptarse, aprender a resolver las necesidades cotidianas con lo que llevas y encontrar en el camino una forma distinta de vivir.
Y si alguna vez vuelvo a dormir en un bosque ruso y escucho de nuevo un aullido en mitad de la noche, seguramente recordaré aquella aventura. Y puede que ya no surta el mismo efecto. No sé…
En cualquier caso, hay algo que tengo claro: mientras tenga una bicicleta, una mochila y ganas de explorar, seguiré buscando caminos que me permitan conocer el mundo a mi manera. Aunque a veces aullen lobos y las piernas me duelan por la falta de energía.
Ahora, yo estoy en otro tipo de viaje y mi Bici está en La Habana; tan lejos de ella es que comprendo cuanto le amo.
Cariños desde el Puerto de Veracruz (sin Bici).
Vuestro,







Abrazos bendecidos desde las calles mexicanas.
Mi gente, soy mochilero de cuerpo y alma. Esta es mi bitacora de viajes. Acá les dejo mis aventuras, junto con mucha info útil para sus escapadas.
Nos vemos por las calles del mundo.


