de La Habana a Viñales en bicicleta
Viajes en Bici

De La Habana a Viñales en bicicleta: un fin de semana entre mogotes, ríos y estrellas

Spread the love

Hay viajes que comienzan con un grupo de amigos, una conversación, muchos planes y una fecha marcada en el calendario. Tal fue el caso del  Viaje en Bici a Puerto Escondido, gracias a la invitación de mi amigo Dayner.

Sin embargo hay muchos otros que comienzan de una manera mucho más sencilla, sin predeterminación ni compañía: una bicicleta, una mochila y las imperiosas ganas de salir a rodar.

Ah, esto también, un par de pequeños paneles solares para recargar con la luz de este sol tórrido del Caribe; y compensar la ausencia de electricidad.

Este viaje de La Habana a Viñales en Bicicleta fue así.

La idea inicial era ir acompañado; o al menos, con mi colega Dayner Muñoz, quien es otro amante de las Bici. Algunos amigos habían mostrado interés, hicimos planes y parecía que finalmente seríamos varios pedaleando desde La Habana hasta el Valle de Viñales.

Pero, como suele ocurrir con los viajes, al final unos no pudieron, otros no se decidieron, los planes fueron cambiando; y terminé haciendo algo que, en el fondo, también puedo disfrutar: irme solo.

De La Habana a Viñales en bicicleta

viajar en Bicicleta a Viñales tio Lucio el Viajero
Así va mi Katzu por la ruta en bicicleta La Habana Viñales. Poco equipaje, jeje.

Salir de La Habana en bicicleta tiene siempre ese momento mágico en el que la ciudad comienza a quedarse atrás.

¡Al fin!

Claro, tampoco os puedo negar que también tiene un toque nostálgico cuando no viajas con quien deseas; y la separación se torna…

Pero los sentidos, agudizados por el propio viaje que comienza, se sobreponen por encima de cualquier otro sentimiento y la alegría de emprender otro viaje disipa todo lo demás.

Comienzas a despedirte de la ciudad. Al principio están las calles, el tráfico, los edificios, los inmensos basureros citadinos, los muchos ruidos… Después, poco a poco, todo cambia, la carretera se abre, el paisaje comienza a respirar. Y las piernas, la respiración y tu espíritu encuentran el ritmo que necesitan para la aventura.

Como casi siempre, no llevaba un gran equipaje. Lo necesario para pasar el fin de semana, algunas cosas para comer, herramientas para la bicicleta y todo aquello que puede necesitar un cicloviajero que sabe que, cuando viaja sobre dos ruedas, más vale estar preparado.

Emprendía un camino desconocido para mí, sin embargo, el destino estaba claro: ¡Valle de Viñales!

Uno de esos lugares de Cuba que, aunque hayas visto muchas veces en fotografías, nunca terminan de parecerte iguales cuando los tienes delante. Incluso, cuando ya le has visitado con anterioridad, no te arrepientes de repetir la aventura.

Por mi parte, le había visitado hace más de 15 años, con algunos colegas de la Cujae, pero nunca en Bici; así que esta vez quería llegar pedaleando.

Viajar solo también es viajar acompañado

Hay personas que piensan que viajar solo significa estar solo. Incluso te preguntan si te agrada andar solo, si no tienes miedo…

Yo no lo veo así.

Aunque debo confesar que me agrada muchísimo estar bien acompañado, pues defiendo la filosofía grupal; considero que viajar solo tiene también su acompañamiento.

Esa primera soledad te impele a tener más ganas de compartir con aquellos que vas conociendo por el camino. Tal vez por esto sea tan amistoso y conversador. Es que esas personas del lugar a donde llegas son tu nueva, dinámica, variada y efímera compañía de viaje. (Aunque no por ello algunas pasan a ocupar otros espacios y tiempos en nuestra memoria; bajo grandes aprecios y respetos).

Además, otra gran ventaja de viajar solo es tener la libertad de decidir.

No tienes agenda estricta: paras y continúas cuando quieres; cambias de ruta; te sientas a descansar sin tener que explicarle nada a nadie; desayunas cuando tienes hambre; duermes cuando estás cansado.

Y, sobre todo, como os decía, estás mucho más abierto a las personas con las que te relacionas a tu paso.

Eso fue precisamente lo que me ocurrió. Porque fui solo desde La Habana… Pero el camino terminó llenándose de encuentros y conversaciones.

El Valle de Viñales, siempre impresionante

Mogotes del Valle de Viñales Viaje de La Habana a Viñales en bicicleta
Al fin. Ruta en Bicicleta La Habana Viñales.

El viaje en Bici lo hice en dos jornadas de ida y dos jornadas de vuelta.

Salí de la Habana en la tarde y dormí esa noche poco más allá del kilómetro 100. Al día siguiente continué camino bien temprano. Llegué sobre las 9 de la mañana.

Cuando finalmente llegué a Viñales, sentí esa mezcla tan particular de cansancio y felicidad que solo conoce quien llega a un destino después de muchas horas pedaleando.

Recorrí el pueblo de Viñales, sus calles, sus casas, sus portales y ese ambiente particular que hace que uno sienta que está en un lugar diferente aunque siga estando en Cuba.

Como muchos pueblos de campo, tiene su calle principal llena de negocios y centros de interés, como es el caso de la oficina de Información turística y Ecotur; por si lo necesitas.

Aunque se me parece a otros pueblos en algunos rasgos característicos, Viñales tiene algo difícil de explicar. Entre mogotes, naturaleza soberbia y agricultura circundante, el Pueblo de Viñales tiene una personalidad propia que le hace peculiar e inconfundible.

Eso sí, tiene las pizzas criollas más caras del país (600 pesos, en el Verano de 2026).

El Valle de Viñales

Mogotes del Valle de Viñales Viaje de La Habana a Viñales en bicicleta
Mogotes del Valle de Viñales (Viaje de La Habana a Viñales en bicicleta)

Más allá del pueblo aparecen los mogotes. Uhm, vale. Creo que respetamos más la verdad si decimos que los mogotes del Valle de Viñales son los protagonistas de este destino turístico. La postalita para el Instagram, emblemática de esta región.

Lo cierto es que aparece el paisaje con sus mogotes, viviendas locales y campos intercalados entre las montañas… Esas que parecen haber sido colocadas allí deliberadamente para crear uno de los paisajes más reconocibles de Cuba.

¡Ah! Pero viajar en bicicleta permite disfrutarlo de una manera especial. Le recorres cuanto y por donde quieras. No hay prisa. No hay una ventanilla que te separe del exterior. Ni una agenda de paquete turístico todo incluido con los apuros de aquellos que necesitan terminar a una hora específica.

En Bici el paisaje está a tu alrededor, te abarca. El aire entra directamente y ensancha tus ganas de vivir.

Puedes detenerte y conversar de varias maneras. Opción 1: con alguien disimulado: –“Buenas, ¿sabe a qué distancia se encuentra la Cueva del Indio? Es que ando de viajero por el mundo y…” Opción 2: de forma intencional, a todas luces; en plan: –“Hola, soy mochilero. Ando por estos lares y deseo conversar con usted”.

Además, el paisaje no pasa delante de ti: tú pasas lento a través de él. Y esa diferencia lo cambia todo.

Sin contar que en Bici puedes abarcar relativamente grandes distancias en comparación con el paseo a pie.

El Mural de la Prehistoria

Mural de la Prehistoria viaje en bici a Viñales
Puedes ver más y más por Viñales en Bicicleta.

Uno de los imperdibles famosos del Valle de Viñales es el Mural de la Prehistoria. La vez anterior, Liz, Newton, Rocío y yo, habíamos dormido casi en sus faldas. Esta vez, una Villa con el supuesto propósito de montar a caballo te impide el libre paso. Digo, el acceso gratis.

La enorme pintura sobre la pared del mogote llama inmediatamente la atención. Más allá de la propia obra (a la que, si os soy franco, no le veo mucho valor), lo interesante es contemplar cómo se integra —o contrasta, diría mejor— con el impresionante paisaje que la rodea.

Llegué allí en Bicicleta y el Señor que custodiaba la puerta me permitió realizar algunas tomas con mi cámara y celular para recordar que mi Bici China estuvo allí.

Así, cada visita era una marca hecha en la agenda viajera, una pequeña ruta dentro del macro destino. Esta vez no estaba simplemente visitando el sitio; estaba pedaleando entre lugares.

El mirador

Otros de los destinos imperdibles acá es el Mirador.

Cuando subes a él, lo más probable es que, como cualquier viajero que llega hasta Viñales: te quedes un rato contemplando el valle y sus siluetas altisonantes. Luego, tomes fotos que no distinguen con nitidez las bellezas de esta tierra…

Jajaja. Incluso, si sois como yo, puede que olvidéis fotografiarle. Os pido perdón por no atesorar ninguna foto desde el Mirador de Viñales. Pero ya el sol era incómodo y el deseo de continuar camino me jugó la mala pasada. (Aunque no es la primera vez que hago esto de no guardar el momento tras el lente).

Sin embargo, os puedo asegurar que desde arriba, el Valle de Viñales parece extenderse como un enorme escenario natural único; digno de la paleta de los más afamados paisajistas europeos.

Los mogotes sobresalen del paisaje. Los campos dibujan diferentes tonalidades. Las carreteras y caminos empequeñecidos por la distancia, parecen defender la presencia de los humanos en esta naturaleza caprichosa.

Creedme. Uno comprende por qué este rincón de Cuba se ha convertido en uno de los Top grandes destinos del Turismo de Naturaleza de esta isla.

Sin embargo, a la par de lo majestuoso ante los ojos, hay algo que las fotografías no consiguen transmitir por completo; al menos, no con la intensidad con que lo vivimos: la sensación de estar allí.

Lo mismo que sentí frente a la Esfinge Gigante de Kefrén, en el Valle de Giza.

La Cueva del Indio

viaje en bici a Viñales sendero cueva del Indio
El Sendero de la Cueva del Indio es una pasada de verdad.

Otro de los lugares imprescindibles del viaje a Viñales que no puedes pasar por alto es la famosa Cueva del Indio.

Entrar a una caverna siempre tiene algo de aventura. Hasta en las pequeñas grutas que recorría de niño en mi tierra natal.

Allí todo cambia, la luz, la temperatura, el aire, el paisaje y la forma de ver la vida tan distinta de la que acostumbramos… De repente el mundo exterior parece quedar muy lejos, olvidado por ese instante en el que los nuevos senderos de piedra viva captan toda tu atención.

Me recuerda Las Cuevas de Bellamar, en Matanzas.

Sin embargo, en este caso, la Cueva del Indio, aunque muchísimo más pequeña tiene un sendero peculiar: la experiencia de navegar en lancha por el interior de una cueva.

Lancha dentro Sendero Cueva del Indio Viñales
Estas son las Lanchas dentro de la Cueva del Indio Viñales.

Me subí con entusiasmo al bote de motor y comenzamos ese recorrido por el río San Vicente, subterráneo en esta parte de su cauce.

La oscuridad, las formaciones rocosas, el agua y las paredes de la cueva crean una atmósfera inolvidable.

Mientras el barquero griego hace gala de su maestría para pilotar entre escollos y recovecos sin golpear ni tan solo uno de ellos, la guía nos relata historias, datos interesantes de este río, nos hace volar la imaginación con las numerosas figuras en la piedra que ya tienen designadas para potenciar el Tour.

Y, entre esas imágenes de cerdos, elefantes, cocodrilos… que ella nos hace ver, por unos minutos, desaparece la bicicleta, la carretera y todo lo demás. Porque el sendero de la Cueva del Indio es un pequeño mundo escondido bajo la montaña.

Nota viajera: En este 2026 el Tour en Lancha por la Cueva del Indio vale 1500 pesos para cubanos adultos y 8 usd para extranjeros. Acá os dejo la Carta de Precios.

Precios Sendero Cueva del Indio Viñales
Aquí tenéis los precios del Tour fluviale por la Cueva del Indio.

La papa podrida de Viñales

Sobrinas y sobrinos viajeros. Como no os puedo engañar, me gusta siempre comentarles sobre lo que considero la parte mala del asunto.

En el pueblo de Viñales sucede como en Varadero, Trinidad y esos sitios demasiado visitados por el turismo internacional. Los precios de casi todo lo que tiene que ver con el turismo andan por las nubes.

No era broma cuando os dije que la pizza normal, más cara de toda Cuba la he visto en este pueblo. Lo mismo sucede con los hospedajes, y otros servicios afines.

A mí eso no me afecta, pues no los uso. Jajaja.

Dormir bajo las estrellas

Sin tener en cuenta que a veces me da cierto temor por la seguridad y que me vayan a robar la Bici, yo me acuesto a dormir donde sea. En boca de los campesinos se dice: … andas como el guanajo (pavo), donde te coja la noche.

Casi siempre viajo con un mosquitero que me permite estar en paz contra esos bichos de mil demonios.

También existen otras estrategias comunicacionales para agenciarse de un lugar donde descansar y dormir. Yo me olvido de los precios, tengo suficiente hierba a orillas de la carretera. Por lo que no tenía hotel. No lo necesitaba. Tenía mi equipo.

En cada jornada que me toca pedalear de noche, cuando me canso o aburro, estaciono a la vera del camino y duermo bajo las estrellas.

Desde niño supe distinguir los sonidos calmados de la noche y disfrutar el sosegado velo de oscuridad.

El único inconveniente para mí es que llueva. Pero también llevo grandes mantas impermeables para taparme en ese caso. La nieve…, ya eso es otra cosa.

Acostarse después de recorrer unos 80-100 kilómetros en bicicleta, tender mi saco de dormir, mirar hacia arriba y encontrar un cielo lleno de estrellas es una de esas experiencias que no necesitan ningún otro lujo; y lo mejor, es gratis.

La naturaleza tiene habitaciones mucho más bonitas que cualquier hotel: un pedazo de cielo mejor que el de la Capilla Sixtina, animales más vivos que los aburridos del Zoo, una fragancia sincera, un río para bañarse y volver a ser niño…

Stop Kilómetro 90

Al día siguiente llegó otro de esos regalos inesperados del viaje. Encontré un río genial para bañarme. Fue otro regalo de Dios fuera de agenda; porque yo ni tenía pensado detenerme en aquel sitio.

Es curioso cómo las cosas más sencillas pueden convertirse en los mejores recuerdos de un viaje.

Me detuve en el puente fronterizo entre las Provincias Pinar del Río y Artemisa para rellenar los pomos de agua; mas no encontré cómo bajar hasta el cauce. Decidí continuar, y a unos cuantos metros, me detuvo el ruido de un torrente que adivinaba con fuerza.

Mirad lo que encontré.

¡Sensacional!  Quizás yo me conforme con poco, pero no hacía falta una piscina, ni un complejo turístico. Jolín. A mí no me hacía falta nada más. Solo este río; ganas de disfrutarlo y la actitud de saber agradecer aquel regalo enhorabuena.

Marcos, otro loco de las bicicletas

Tocaba seguir trayecto de regreso a la Habana. Continúo camino por lugares que ni recuerdo… Y entonces, sucedió uno de esos encuentros que demuestran que viajar solo no significa estar solo.

Conocí a Marcos, un cicloturista de Consolación del Sur; otro de esos  amantes de las bicicletas que uno se halla por las tierras circulares de este pequeño mundo.

Nos saludamos. Y eso fue suficiente para que apareciera ese idioma universal que tenemos los que disfrutamos de viajar pedaleando.

¡Qué cosa! Uno puede conocer a alguien por apenas unos minutos, y sentir que ya tiene mucho de qué hablar.

Jaja. Esto nos sucede porque hay pasiones que funcionan como una contraseña; como un puente que se alza por encima de las individualidades. La bicicleta es una de ellas.

El caso es que, sin duda alguna, Marcos tenía su propia historia y yo la mía. Pero durante aquel encuentro compartimos algo que nos abarca a ambos y es mucho más importante:

el amor por viajar sobre dos ruedas.

¿Qué os puedo decir? Me encanta que en los caminos aparezcan personas con quienes entablar relaciones como esta. Gente que no estaba en el plan. Una compañía espontánea, directa, específica; desconodida por completo…

Y que, sin saberlo, termina formando parte de tu viaje. Y quien sabe cuanto más.

Marcos y yo avanzamos unos cuantos kilómetros juntos hasta el puente de la autopista donde mi nuevo amigo entraba para su hogar (espero lea esta página).

Nos compartimos los contactos y cada uno despegó raudo en su bici por estos caminos bifurcados; con la promesa de volvernos a encontrar.

Una pinchadura

Naturalmente, ningún viaje en bicicleta está completo sin algún pequeño contratiempo.

Esta vez me tocó una pinchadura en la goma trasera.

Gracias a Dios, no fue un drama, ni en lugar incómodo. Yo iba preparado. Porque en bicicleta no basta con tener ganas de viajar; hay que saber resolver los pequeños problemas del camino.

Mi peor enemigo es ese casi invisible pero maldito hilo de acero que me ha ponchado por decenas de veces.

¡Bah! La pinchadura terminó siendo simplemente otra pequeña anécdota. Una de esas pausas obligadas e indeseadas dentro del viaje. Que al final, terminé matando dos pájaros en un tiro.

El encuentro con Robin

De regreso tenía un asunto pendiente: visitar a Robin, un amigo de mis viajes por Rusia, a quien le debía una visita desde hace meses. Vive en el Puente de Caimito, en el kilómetro 16. Por lo que se hace ruta sin tener que desviarme (aunque esto no es problema).

De esta manera, el regreso tuvo un significado especial. Un doble propósito respaldado por la amistad. Otra justificación para agrandar el recorrido, para ir por más. Los viajes tienen esa capacidad maravillosa de conectar lugares que, en principio, no tienen nada que ver.

Jaja. Rusia queda muy lejos; La Habana de un lado y Viñales del otro. Sin embargo, Robin estaba en medio de ellos. Una persona de mucho aprecio que había formado parte de otra etapa de mis aventuras euroasiáticas… Al salir ambos de Moscow, no pensé que nos volviésemos a ver. Y ahora nuestras historias volvían a encontrarse en otro rincón del mundo.

Cosas de la vida, caricias de parte de Dios.

Quizás esa sea una de las cosas más bonitas de viajar: los caminos que recorres terminan construyendo una red de personas, gestos y experiencias; en cualquier parte a donde vayas.

Venga ya. Estoy filosofando. Jajajaja.

El regreso a La Habana

Tocaba regresar. El ponche ya estaba reparado. Robin y yo almorzamos juntos. Cargué menos de lo que él quería ragalarme y emprendí camino de regreso. La parte que menos me agrada del asunto.

Soy un romántico de los viajes. Si fuese por mí, emprendería uno de solo ida el resto de mi vida, sin mirar atrás.

Aclaremos, cuando os digo sin mirar atrás no me refiero a las personas, sino a los lugares. Porque jamás dejaría de lado a la hija bella que atesoro en mi corazón nómada. Lucía es, sin dudas, el regalo más grande que Dios me ha dado. Ella es mi única razón de estos recurrentes retornos.

Ojalá viajásemos juntos por todas las calles del mundo, y de la Vía Láctea.

Vale…

La bicicleta se puso en marcha. La mochila volvió a ocupar su lugar, más cargada ahora que en la ida. Y toda esta pequeña aventura de tres días de La Habana a Viñales comenzó a disiparse por completo.

Mi cuerpo estaba algo cansado, no mucho. Las piernas habían acumulado algunos cientos de kilómetros. Y yo regresaba con esa sensación agridulce de felicidad y nostalgia, de realización por lo conseguido, pero con el matiz como de una impotencia obligada, una zozobra que martillo a golpes de resignación.

Siempre es así. Soy un niño bruto que no logra aprender. En cada viaje, mejor dicho, en cada regreso, me sucede lo mismo. Vuelvo feliz y triste, satisfecho e inconforme.

Vale, no me hagáis caso. Soy un mar de inconformidades.

Al parecer, un disconforme ambicioso. Porque si tenemos en cuenta lo que recorrí y experimenté, debería ser más agradecido.

Tuve un fin de semana intenso, agradable. Había viajado desde La Habana a Viñales en Bicicleta (poco más de 400 kilómetros en total).

Recorrí el pueblo de Viñales, contemplé el Valle con sus mogotes y cavernas, visité el Mural de la Prehistoria, recorrí la Cueva del Indio en lancha, me bañé en un río fronterizo bajo una cúpula de árboles espectacular, dormí bajo las estrellas, conocí a Marcos, visité a Robin, conversé con muchos…

Y, en medio de todo esto, había llenado la mochila de recuerdos una vez más.

¡Súper!

Sin embargo, había algo que no podía quitarme de la cabeza. No tenía ganas de volver a la ciudad. Sé que soy el rey de las contradicciones. ¿Vale? Tomemos por dictamen, creo, que ese puede ser uno de los mejores síntomas de un buen viaje.

Yo vuelvo a esta ciudad llena de calles con baches y basureros por todas partes, dispuesto a caminar por ella en mis obligaciones. Pero es una mentira más, un disimulo teatral de nuestras expresiones…

Aunque me veas aquí, cumpliendo los mismos compromisos de la cotidianidad aprisionada, mi alma viajera sigue pedaleando, durmiendo bajo las estrellas, bañandose en ríos y playas, conversando con desconocidos, buscando nuevos caminos con los que apaciguar estas ansias de viajar.

El cuerpo vuelve a casa, pero una parte del viajero se queda en el camino.

Y quizá por eso sigo pedaleando, subiendo a un tren, a un avión, a mis pies… Porque cada vez que salgo, aunque sea solo durante un fin de semana, regreso con nuevos tesoros. O simplemente la certeza de que todavía quedan muchos senderos por recorrer. O el pensamiento esperanzador de que podría perderme para siempre en uno de esos caminos.

¡Uhm! Y mientras haya caminos…, habrá un conejo orejón abrazando una mochila junto a la espera.

Sobrinas y sobrinos del mundo mundial, les quiero un montón.

Vuestro,

Tío Lucio el Viajero.

Lucioviajero

Mi gente, soy mochilero de cuerpo y alma. Esta es mi bitacora de viajes. Acá les dejo mis aventuras, junto con mucha info útil para sus escapadas.
Nos vemos por las calles del mundo.

Dejar una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *